Ama, ama, y ama, y ensancha el alma ~ Manolo Chinato

viernes, 11 de agosto de 2017


Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
que a veces retumbaran las montañas
y escuchárais las mentes social-adormecidas
las palabras de amor de mi garganta.

Vivís en una noche sin estrellas
andáis un mismo camino, cuan orugas,
y os vais dejando pudrir en las entrañas
los caminos de libertad de vuestra alma.

Hay que dejar el camino social alquitranado
porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas
hay que volar libre al sol y al viento
repartiendo el amor que tengas dentro.

De pequeño me impusieron las costumbres
me educaron para hombre adinerado
pero ahora prefiero ser un indio
que un importante abogado.

Abrid los brazos y la mente, y repartíros,
que sólo nos enseñaron el odio y la avaricia,
y yo quiero que todos como hermanos
compartamos amores, lágrimas y sonrisas.

¡Ama, ama, y ama, y ensancha el alma!


Manuel Muñoz Sánchez 





La vida contra las cuerdas ~ Luis J. Esteban Lezáun

lunes, 31 de julio de 2017

Dejó impreso Jacinto Octavio Picón en su «Lázaro: casi novela» que «la vida es combate de pasiones que unas a otras se hieren y lastiman». Con esta acústica de fondo, Luis J. Esteban Lezáun nos presenta en una doble trama, La vida contra las cuerdas, una fábula de combates, pasiones y heridas. A través de nueve de los diez capítulos / rounds, el autor va desgranando dos historias de lucha distanciadas quince años que conviven en paralelo; la final del Campeonato Mundial de Boxeo por el título de los pesos medios y el periodo de adolescencia de un muchacho de pueblo, confluyendo ambos hilos en el definitivo décimo round, entre las doce cuerdas del cuadrilátero.

«Recuerdo la primera lección del Jefe, hace más de una década. El boxeo es como la vida, me dijo, lo importante no es golpear, sino evitar que te muelan a hostias

Caesars Palace, Las Vegas. Combate televisado que confirmará a Mister KO en el trono mundial de los pesos medios; sus últimos dos contrincantes fallecieron a consta de sus brutales puñetazos. En la esquina contraria un español, víctima idónea para que el americano consiga su propósito. Entre el público caras conocidas: Mike Tyson, don King, Manny Pacquiao o Juan Manuel «Dinamita» Márquez. La silla reservada para la mujer del hispano está vacía, está tapándose los oídos en el vestuario. Uppers, jabs, hooks, crochets y directos se suceden destacando la demoledora potencia de los puños de Mister KO así como su falta de deportividad haciendo enfervorecer al cobardeo de la grada, hambrientos del morbo inquisidor que proyecta la ejecución pública.

Puerto Antiguo, España, quince años atrás. Momo recibe en sus carnes la dura etapa de adolescente donde enamorado de Celia, es víctima de los abusos de dos malotes del colegio, Vílchez, el Puñalitos y su servil subalterno Benavides. Huérfano de padres reside junto a su hermana Alejandra, la cual para más inri, trabaja de camarera para el mezquino Puñales, padre del Puñalitos. En esta partida desigual entre los dos hermanos y estos miserables cuentan con el apoyo de su vecina Hellen Schoeder, así como del Quinito, un exboxeador profesional. Las aventuras y desventuras de Momo transcurren junto a su compañero de pupitre Quintanilla, un admirador incondicional del personaje de Pérez-Reverte, el Capitán Alatriste, a quien copia en su forma de hablar y se empeña en usurpar su apodo consiguiendo como resultado el sobrenombre de Caratriste o Quintanilla el Pollatriste. Antoñito el Mediahostia, don Wenceslao el maestro, el padre Agustín, Juanon y Aurelio el cura, son otros de los personajes de este drama donde no faltan robos, armas y agresiones sexuales.

La vida contra las cuerdas tiene un fuerte fondo educativo potenciado en el personaje de Hellen Schroeder, quien ve reflejado en Momo al hijo que nunca tuvo y no se cansa de darle buenos consejos. Igual le abre los ojos frente a un suspenso, «las puntuaciones importantes de la vida no son las académicas», que utiliza artilugios propios, como el Rosal de las Frases Sabias (rosas de papel que desenvueltas albergan didácticas frases) o el Cofre de los Versos Rotos. «Momo no entendía muy bien por qué aquella diminuta arca se denominaba Cofre de los Versos Rotos. Los versos que contenían no estaban rotos, ni quebrados, ni amputados. Los versos estaban enteros. Lo que estaba roto, en todo caso, era el poema, y solo hasta que la mano de Momo extraía de las cajitas las tiras de papel y les daba la vuelta, componiendo el poema completo. Pero Hellen le había dicho que el nombre grabado en la tapa era el correcto, porque los versos aislados son versos rotos. Porque un verso, en sí, no tiene sentido. Su significado remite a otros versos y únicamente en ellos alcanza la plenitud. Como las personas. Una persona enclaustrada, le había dicho la mujer, es una persona rota o, al menos, demediada, incompleta. El sentido de nuestra vida solo se cumple en unión de otras vidas, de otras personas. Un hombre aislado es un absurdo. Una mujer solitaria es un concepto vacío. La unión de un hombre y una mujer llena de razón sus vidas, la dota de significado, las nutre de sentido

Una lectura juvenil y amena, donde el drama se ve desdibujado con hábiles toques de humor. Destacable la calidad literaria del combate en el Caesars Palace, narrado en primera persona y de rauda lectura que se hace corta, dejando al lector con ganas de más. Por contra la parte referente a Puerto Antiguo, narrada en tercera persona, se torna demasiado extensa, en especial cuando el autor se prodiga relatándonos el pasado brasileño de Hellen, del cual no he encontrado ningún aporte al argumento de la novela. En ambas tramas Luis J. Esteban Lezáun transmite un mensaje de instinto de superación y  conservación de los valores, siendo más acentuado en esos duros años de adolescencia donde cualquier afrenta u opinión pueden convertirse en un muro infranqueable. 

«Cúbrete, no te ciegues. Pega los codos a los costados y mantén la guardia alta. Baila a su alrededor, sácalo de quicio». Puedes caer una y mil veces, ¡no pasa nada!, todos vivimos contra las cuerdas, «lo importante es volver a levantarse», la vida es un combate incesante; una intensa y (a veces) feliz agonía.

El corazón de los caballos ~ Pablo Hermoso de Mendoza

viernes, 7 de julio de 2017


Las historias de la gente de campo han de contarse con la sencillez y cercanía precisas para disfrutarlas sin necesidad de recurrir a interpretaciones o tecnicismos que las desvirtúen; El corazón de los caballos está narrado con esos criterios. Pablo Hermoso de Mendoza, el hombre que cambió la concepción del toreo a caballo, se apea del mismo para deleitarnos con una aventura real, que, más que una temprana autobiografía, es un compendio didáctico y muy ameno, orbitado alrededor del caballo; doma, crianza, anatomía, veterinaria, equitación, psicología y muchas caricias, «la violencia no sirve de nada en este mundo, y menos con estos animales».


De familia muy humilde, Pablo se enfrentó a la vida escolar (y militar) con la rebeldía de un potro sin domar en manos de un mal domador; «para mí tanto la escuela como el cuartel fueron dos cárceles en las que nunca entendí por qué tenía que estar encerrado».  La relación con su padre, tratante de profesión, era dura para un niño que desde edad temprana tenía que atender el continuo tránsito de cabalgaduras que pasaban por la casa; la mayoría animales resabiados, sobreviviendo milagrosamente a caídas, pisadas, mordiscos y coces. A pesar de las penalidades, su pasión por estos animales y el constante instinto de superación hicieron que aprendiera a leer en sus expresiones y actitudes convirtiéndose, con los caballos como únicos maestros, en uno más de la manada. Había acertado en su pronóstico el tutor del colegio cuando al abandonarlo de manera temprana, les dijo a sus padres que no se preocuparan, que allí se despiertan vocaciones y nuestro protagonista ya la tenía, ¿para qué desencaminarlo?

Hoy en día Pablo Hermoso de Mendoza es Catedrático del toreo, y a pesar que desde muy joven combinaba las rutas a caballo con otras modalidades hípicas como el raid o el salto, no fue hasta el día que presenció por televisión una corrida de rejones en Las Ventas, cuando quedó seducido por este arte; el impacto fue tan fuerte, que esa misma noche cabalgó convencido que él sería torero.

Solitario en su Navarra natal, alejado de los grandes maestros de la equitación, tuvo que aprender a fuerza de aplicar los pequeños detalles que veía en los libros y videos que caían en sus manos, llegando a enfrentarse sin ninguna preparación a su primera vaca, una «hembra resabiada de siete u ocho años»  creciéndose, como el toro bravo, ante el castigo y las dificultades, «y me paré a pensar que, si aquello era mucho más difícil de lo que parecía, aún merecía más la pena seguir indagando.» / «nunca recibí clases, sino que me dedicaba a “robar”, como las urracas, las cosas que les veía hacer a los demás rejoneadores». También así fue aprendiendo nociones básicas sobre la lidia, como que el sencillo hecho de que al toro no se le sangra por gusto de nadie, como opinan quienes careciendo de cultura acometen contra la fiesta, sino «para que pierda algo de fuerza y no se congestione».

Llegado 1990 decide beber del manantial del toreo a caballo y emprende viaje a Portugal en su viejo Seat 131, siendo recibido en casa de Pepe Lupi, y posteriormente en la de Joao Moura; los consejos de este último profundizan en nuestro artista, quien le considera su único maestro. En estos viajes fue germinando el fruto de muchos años de trabajo,  y aplicando a su concepción del toreo, la filosofía de los cavaleiros portugueses, consiguió transformar sus caballos en ágiles muletas de 500 kilos, convirtiéndose en la figura más grande de la historia del rejoneo.

El corazón de los caballos está narrado por Pablo en primera persona, ofreciendo en su lectura la cercanía de estar compartiendo con él una amena sobremesa. La sencillez de sus palabras hace que tecnicismos ecuestres se tornen explicaciones coherentes para el profano, poniendo de manifiesto desde observaciones básicas, como el movimiento de las orejas equinas, lecciones de anatomía donde explica de manera sencilla aspectos como la diferencia funcional entre la largura del cuello, la dureza de la boca «la boca es solo un reflejo de todos sus defectos o virtudes físicas» o el remetimiento de los posteriores bajo la masa. En el texto, el autor nos desvela infinidad de anécdotas, algunas muy personales, como el contrabando de caballos entre España, Francia y Portugal, los problemas que le dieron muchos de sus caballos más conocidos, entre ellos las dificultades para convertir a Cagancho en estrella del toreo y cómo «aquel potro, que hubiera sido desechado al primer vistazo por un tribunal de la raza lusitana, se convirtió prácticamente en el prototipo del caballo de rejoneo», alcanzando cuotas más altas de celebridad que cualquier otro caballo de la historia. No escatima Pablo en desvelar aspectos económicos, de los que se hablan en los despachos, ni en referirse al precio que pagó por Cagancho o al cheque en blanco que rechazó de un comprador anónimo colombiano quien le ofrecía por un solo caballo, más dinero del que pueda llegar a ganar en toda su carrera como rejoneador. Igualmente nos detalla polémicas surgidas con los compañeros de plaza donde llegó a haber «codazos», u otras como con los hermanos Domecq, quienes quisieron atraparle con un exclusivo contrato, o las consecuencias derivadas de su negativa a torear si no le pagaban como al mejor.

A través de mil y una historias vamos siguiendo las andanzas de un hombre que salido de la nada se convierte en figura mítica del rejoneo,  llevando su espectáculo cultural por medio mundo, recogiendo desde el albero características afines a cada pueblo. Llama la atención la gran afición que tiene Estados Unidos, con clubes taurinos muy activos, el fervor mexicano, en cuyo aeropuerto fue recibido por más de 100 periodistas con campañas de promoción al nivel del artista más prestigioso, o la élite portuguesa, «Lisboa es la cátedra del rejoneo y la plaza que más me impone de todas las de los nueve países en los que he toreado». Mención aparte lo cultamente preparado que asiste a la plaza el público francés, «es un gusto ver allí en los toros a intelectuales, a pintores, a escritores, a cineastas o a gente famosa de París que buscan en la fiesta lo que no encuentran en otros espectáculos: autenticidad, vida y muerte, plasticidad, color, pasión… toda esa mezcla de emociones que les engancha.»

Una estupenda historia real que será el deleite de cualquier aficionado al caballo, al toro y en general para cualquier amante de los animales; una vida que ha sido un continuo intento de superación. Un jinete, un centauro, un matador de toros.

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«El toro es un prodigio de la naturaleza que vive en libertad, en unos parajes que no disfruta ningún animal doméstico, durante más años que cualquier otro destinado a la producción y, sobre todo, nunca se ve humillado. Después de cuatro años se le mete en una plaza y se le engaña, pero no se le humilla, ni se le maltrata ni se le tortura, como se asegura falsamente, sino que muere con honor y dignidad en el calor de una lucha honesta. Yo al toro le respeto, pero no le tengo compasión, porque sería el peor desprecio que se le podría hacer. Prefiero admirar y temer de él esa fiereza, esa seguridad en sí mismo, esa capacidad de ataque a todo lo que le rete, sin miedo a nada, y esa voluntad de liderazgo». 


Salvar a Mozart ~ Raphaël Jerusalmy

viernes, 9 de junio de 2017

Reza un viejo proverbio oriental que es fácil matar al emperador si no temes morir en el intento; Otto Steiner, protagonista principal de Salvar a Mozart es un firme candidato a intentarlo. De mediana edad, ascendencia judía y enfermo de tuberculosis, pasea su soledad entre los muros del sanatorio que le arropan a modo de sudario mientras se aferra a la música como única conexión con este mundo. Reconocido musicólogo, cuando puede se escapa extramuros y asiste a algún concierto, siendo estas breves huídas, unidas a las visitas que recibe de su amigo Hans y de la arrendataria de su vivienda, la escasa percepción que le llega de la realidad exterior.

La obra se desarrolla sobre el diario que Otto relata furtivamente entre julio de 1939 y agosto de 1940, al que une algunas cartas escritas para su hijo. En sus páginas va desgranando las miserias que se suceden en ese lazareto salzburgués, donde sin haber llegado a morir, permanece desterrado del mundo de los vivos.

«No me queda nadie. Vivo rodeado de moribundos, enfermeras ariscas, gallardos soldados y ciudadanos ocupados, solo, tras las bambalinas. Ya no formo parte del decorado. Todo se aleja, poco a poco. Sin retorno.»

Afuera transcurre la guerra, de la que Otto solo percibe ecos deformes, menos preocupantes que la enfermedad que le ha aislado entre los moribundos. Los nazis han acaparado cada símbolo cultural usándolos como armas políticas, convirtiendo Salzburgo en la capital cultural de un régimen que utiliza la música como cómplice de sus atrocidades, y eso es algo que exaspera a nuestro protagonista, que concibe la música como algo universal, una dimensión superior a cualquier barrera e ideología, que en la cuna del propio Mozart está decidido a impedir sea vulnerado. Las diferencias son desorbitadas, un tuberculoso contra todo un imperio, pero los hados a veces sorprenden facilitándole no solo la posibilidad de matar al mismo Hitler, sino de dejar en evidencia la ignorancia musical de todo su ejército.

Salvar a Mozart es una novela corta que ambientada en otra época refleja exclusiones sociales muy actuales, como la soledad que ahoga los geriátricos o la angustiosa impotencia de los enfermos terminales, y cómo obviamos la facilidad con la que podemos ocupar esos lugares. Letras cargadas de humanidad e ironía donde frases sencillas en el contexto se tornan descomunales; una trama en continua transformación tras cuyo desenlace afloran en el lector sedimentos de párrafos no escritos por Jerusalmy, reflejo de la desdramatización de una denuncia social no admitida a trámite.


Masaje para un cabrón ~ Ana R. Cañil

lunes, 8 de mayo de 2017

«En estos tiempos, lo verdadero y lo falso se desdibuja en nuestras mentes con gran facilidad. Con lo de la corrupción y los millones en Suiza, las historias que oímos todos los días de políticos y financieros, nada nos extraña. Damos por posible todo lo que nos cuenten de estos personajes, como damos inevitable también que nos tuerzan nuestras vidas con sus decisiones y su dinero, sin más. No tenía más que mirarme a mí misma, quién había sido, quién terminé siendo y quién era ahora, de nuevo gracias a cómo había administrado mi destino toda esta ralea.»


Quien escribe el párrafo anterior es Tasia, protagonista principal y narradora de Masaje para un cabrón, cuarta obra publicada por Ana R. Cañil; una novela estructurada a modo de diario, carente de fechas, sobre tres cuadernos escolares «tipo Rubio», a quien Tasia humaniza («Hola, Cuaderno»/«Hasta mañana, Cuaderno.») relatando a modo de terapia y por consejo de su médica, lo primero que la viene a la cabeza; el estallido de la burbuja inmobiliaria ha precipitado su vida al vacío. Felizmente casada y con dos hijos, había pulido sus estudios de esteticista junto a Silda, propietaria del salón de belleza donde confluyen «las damas más influyentes y glamurosas de Madrid». El negocio floreciente de su marido, albañil metido a constructor, iba viento en popa, por lo que ella también decidió prosperar y abrir su propio salón de belleza en Fuenlabrada, tras estudiar las características de las mujeres que prosperaban económicamente en esa zona: «las mías eran mujeres de albañiles elevados a maestros de obras que se creían arquitectos, de fontaneros que alguna denominaba ingenieros de cañerías o de electricistas que de chispas habían pasado a ser poco menos que primos de Edison». Pero la burbuja estalla, su marido se entrampa en una mala operación comercial, y todas sus ilusiones quedan truncadas; se ve obligada a cerrar su negocio, están a punto de embargarle la casa y la situación matrimonial es insostenible, «un tío que no conozco desde que se quedó en el paro».

Tras padecer durante cinco años la agonía de su nueva situación, habiendo caído el marido en la bebida y ella, soportando episodios esporádicos de violencia de género, decide echar un órdago a la vida agarrándose al primer trabajo que la sale, siendo este como limpiadora en el EuroMadrid Castle; un hotel de lujo cercano a Plaza de Castilla, ubicado en uno de los cuatro rascacielos más altos de España. El opulento entorno de su nueva situación laboral le hace plantearse otros aspectos, antes ignorados, «Son bastante guarros aunque sean ricos. Se puede saber casi todo de un hombre o de una mujer por los restos que dejan en su dormitorio de hotel» / «Si la pobreza es limpia, huele a lejía, a jabón Lagarto, a estropajo de esparto, que era a lo que olían los zaguanes en mi pueblo cuando volvíamos en verano».

Al poco de encontrar este trabajo, empieza a tener encuentros esporádicos con un amante, estableciendo en el barrio de Lavapiés, su nidito de amor, recuperando así el placer sexual y la alegría por vivir. El odio por su marido aumenta a diario, responsabilizándole de todas sus desgracias, hasta que un día éste cruza cualquier umbral permitible y la relación se rompe definitivamente.

En su cabeza se suceden los recuerdos de tiempos mejores, y decide tomarse la justicia por su mano y acabar con todos aquellos que la han llevado a su actual situación. En connivencia con dos de sus amigas y emulando a las Tofanas, se plantean varios asesinatos, entre ellos el de su marido (el cabrón), administrándoles digoxina, un medicamento que acelera el corazón y no deja rastro; ni rastro, ni cargos de conciencia «¿Cómo crees que se han hecho las guerras? Justificando todo con las buenas acciones, con los valores que se iban a alcanzar». Tras una prueba de muestra con resultado positivo, y antes de asesinar al siguiente en la lista, Tasia recibe una proposición de su jefe: «Me abordó directamente. “Tasia, tú sabes qué es eso del final feliz. En todos los países asiáticos forma parte del masaje a los clientes y es, sencillamente, hacerles una paja estupenda, que además es muy saludable y agradecen con excelentes propinas.”» / «Tranquila, mujer, no te descompongas.» «te doblaría el sueldo y creo que debes verlo con la mirada de una profesional, como los ginecólogos o las enfermeras se toman una exploración vaginal o un tacto rectal.». A sus cuarenta y ocho años, y con necesidades económicas los límites morales están difusos, y este plus laboral puede abrirle las puertas para salir del atolladero y facilitar su deseo de ajusticiar a todos los culpables de la crisis; «entre los cabrones entran los banqueros, abogados, arquitectos, y políticos, albañiles y fontaneros».

Masaje para un cabrón es una novela sobre la crisis actual que azota el país con el beneplácito embaucador de todos los partidos políticos;  por sus páginas desfila la corrupción (Bárcenas, Pujol…), las estafas de las Cajas de Ahorros (las Preferentes…), despidos laborales (Coca-Cola…),  desahucios judiciales y demás. Entre toda esa bruma maloliente asistimos al renacimiento de Tasia, abandonando el estilo choni de Fuenlabrada y recuperando el glamour que la hizo triunfar junto a Silda entre la gente más chic. Enternecedora, irónica, a veces cómica, sus desgracias alternan el humor negro y el drama, manteniendo siempre el cariño de fondo, incluso en el odio latente hacia su marido donde quizá se mantengan imborrables los recuerdos de aquel que fue. En su ascendente andadura deja al descubierto muchas de las miserias de los ricos de siempre, así como de aquellos otros, los neohorteras,  don nadies en la mayoría de los casos, a quienes el pelotazo inmobiliario ha situado en un nivel de vida para el que no están culturalmente preparados y en el que a duras penas consiguen mimetizarse: les encanta decir que van a correr «training o raning o similar lo llaman ellas, con el coach (creo que se escribe así o así lo pronuncian, con una patata en la boca».

Un relato de Ana R. Cañil del que se pueden sacar muchas conclusiones y que a buen seguro complacerá a aquel lector que busque en este libro pasar un buen rato, porque, literatura aparte, ¿a quién le desagrada un masaje con final feliz? 



42 kilómetros para amar el maratón ~ Alfredo Varona

viernes, 14 de abril de 2017

Fue un 3 de abril del año 2015 cuando, desde el quiosco de los helados, escribí esto; decía así: Cornetas y tambores amenizan las calles, ciñendo lo cotidiano a ritmo de procesión. Es Viernes Santo. Calles cortadas y tupidos aparcamientos dificultan el tránsito mientras los hosteleros hacen su agosto a primeros de abril; este año la localidad está engalanada en demasía, delatando la cercanía electoral. El quiosco de los helados se mantiene en plena ebullición tras adaptar los horarios de apertura al testigo de las alarmas estomacales de los clientes, en clara maniobra de contrarrestar el tradicional consumo de torrijas y demás dulces de Pascua. A pesar de la dificultad de encontrar antipiréticos que te mantengan inmune a la fiebre festiva que fluctúa en el ambiente, los atletas que acostumbran a entrenar en el parque sito a espaldas del quiosco hoy tampoco han perdonado su entrenamiento. Huele a incienso y elucubro si aquello que Alan Sillitoe llamó «la soledad del corredor de fondo» no tendrá alguna relación con procesionar oculto bajo el caperuz de alguna de las muchas cofradías que protagonizan la Semana Santa, y si bien es cierto que hasta que no pasa el último cofrade no acaba la procesión, acierto al creer, que en maratón, cruzar la meta es ya una forma de subir al podio.


Cuenta la leyenda que allá por el año 490 a.C. un soldado griego llamado Filípides tuvo la importante misión de recorrer la distancia que separa Maratón y Atenas, para comunicar la victoria griega ante los persas; tras cumplir su cometido, pereció, pero su terrible esfuerzo salvó la vida de muchos atenienses, pues de no haber llegado a tiempo, las mujeres helenas tenían orden de matar a sus hijos y después suicidarse, ante el temor a padecer las crueldades prometidas por los persas si salían victoriosos. Con el tiempo esta gesta heroica recibió justo homenaje siendo incluida en los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, Atenas 1896, quedando la distancia inamovible en 42,195 km desde que en 1908 los ingleses se empeñaran en que su reina pudiera ver la salida desde el Castillo de Windsor (al parecer ese día llovía y a su acomodada majestad no le apetecía abrir el paraguas); esta era la distancia exacta que separaba el alojamiento real del estadio olímpico londinense. Mitos o leyendas, la realidad otorga al maratón la categoría de prueba reina del atletismo, tan solo equiparable, (debido al interés mediático artificialmente provocado), a aquella otra que corona al hombre más rápido del planeta.

Es opinión común entre los maratonianos que para saber lo que se siente al correr esta distancia, has de haber participado en ella, circunstancia que asiento a pesar de sólo haber corrido el que da título a este libro. Leer/correr, 42 kilómetros para amar el maratón, es una agradable manera, sin duda la menos sacrificada,  de participar en esta mítica carrera; si encima sabes de antemano, que con tomar la salida y dejarte llevar por los consejos y experiencias del resto de contrincantes, cruzar la meta y subir al podio está garantizado, no hará falta mayor aliciente para comenzar a leer este libro. Y no es que Alfredo Varonaatleta y periodista, nos cuente secretos mágicos, dietas o planes de entrenamiento, no, de eso no encontraremos nada entre sus páginas. La generosidad de esta obra de ágil y divertida lectura, radica en el acúmulo de consejos personales, que el periodista ha sabido sonsacar a cada uno de los 42 protagonistas entrevistados, uno por kilómetro, y que estos han confesado en confianza deportiva al atleta, para que relatados por este en primera persona, hagan del lector un maratoniano más.

42 kilómetros para amar el maratón está estructurado en 42 capítulos independientes de la misma carrera, en cada uno de los cuales Alfredo Varona rinde homenaje a un atleta, aportando conocimientos propios así como opiniones, sentimientos y experiencias de cada homenajeado. Entre ellos se encuentran diversidad de corredores, en su mayoría maratonianos, desde los más elitistas a otros anónimos, pasando por entrenadores, médicos, psicólogos, atletas de otras distancias u otros que jamás participaron en un maratón o que lo comenzaron y no llegaron a la meta; se unen a la carrera maratonianos que corren con prótesis, mujeres con hijos lactantes y atletas cercanos a los 80 años, no faltando en carrera ex fumadores u otros que consiguieron vencer al sobrepeso. Disfrutar de las experiencias de estos luchadores es como leer un parte de guerra contado por quienes murieron en la batalla, y es que, en el fondo, el maratón es un reflejo de la vida, y sus enseñanzas son útiles para otros muchos quehaceres cotidianos, en ambos, un héroe, es «todo aquel que se esfuerza para cumplir sus objetivos».

Cuando llevas demasiado tiempo corriendo «la cabeza ya no razona con tanta facilidad», aún así he encontrado cierto paralelismo entre el corredor de maratón y el escritor. Participar en un maratón ya es un triunfo, como lo es enfrentarte a una hoja en blanco; en el maratón nunca se entrena la distancia que se va a competir / los libro no se escriben en un día; la única defensa es estar prevenido mediante los entrenamientos / escribir todos los días; la base es el entrenamiento, pero a veces la suerte te favorece / en ocasiones un premio literario encumbra injustamente una obra; las carreras normalmente no se pierden al principio / el libro tampoco; el maratoniano es el fiel reflejo del coyote que persigue al correcaminos, no rindiéndose pese a no atraparlo / el escritor jamás consigue plasmar la novela perfecta que tiene en su cabeza. Y así uno tras otro iba hallando analogías kilómetro a kilómetro hasta llegar a la quizá, más dura de las comparaciones, donde ambas convergen en el tiempo robado a la familia, y como comenta uno de los protagonistas, en ocasiones  «que no te echen de casa es casi un acto de generosidad»

No todos los atletas tuvieron las suerte de conseguir plaza en Centros de Alto Rendimiento, como la Residencia Joaquín Blume de Madrid, pero todos tienen interiorizado uno de los lemas que en ella pueden leerse:
«Le llaman SUERTE pero es CONSTANCIA
Le llaman CASUALIDAD pero es DISCIPLINA
Le llaman GENÉTICA pero es SACRIFICIO
Ellos HABLAN, tú ENTRENA»

Sólo así han podido sortear las obligaciones en sus trabajos, familias y estudios y sacarle horas al día para entrenar.

«Mi padre estaba en el paro y la familia necesitaba ese dinero» reza el testimonio de uno de los protagonistas que desde los 16 hasta los 25 años tuvo que levantarse a las cinco de la mañana para descargar camiones en una empresa cárnica, hasta que echó un órdago a la vida y se desplazó a Madrid «a una habitación alquilada en un piso del Alto de Extremadura» para demostrarse si realmente podía ser un atleta de élite.

Cruzo la línea de meta algo cansado, marcando un tiempo superior al deseado, y subo al podio mientras escucho las palabras del entrenador Antonio Serrano: «si uno llega a la meta es porque ha hecho lo que se ha podido, no hay motivo para enfadarse».



Aporta o aparta ~ Nika Vázquez Seguí

lunes, 10 de abril de 2017

No fue buena la primera sensación producida al ver la portada de este libro, con la imagen de esa bicicleta de incómodas ruedas que producen mareo de sólo imaginártelas rodando. Su título,  «Aporta o aparta», parece una oda al egoísmo en su versión imperativa, por no hablar del subtítulo «Elimina de tu vida todo lo que no te deja avanzar», otra orden directa a sumar al total de obligaciones diarias, y que para más inri, te coloca al nivel del creador del mundo; has de saber «todo» lo que se supone «que no te deja avanzar», y en caso que lo ignores, ¡oh, milagro de los milagros!, leyendo sus páginas lo averiguarás. Por si fuera poco con lo anterior, la información que nos brinda la solapa de la portada, respecto a su aparentemente joven autora, es que tras licenciarse en Psicología, ejerce en sus consultas de Barcelona, Valencia y Mallorca, y que «además posee diversos másteres». No sé si a algún tipo de lector le impresionarán este tipo de informaciones inconclusas, tan asociadas a la titulitis imperante. Similares incógnitas plantea el vacío creado con la afirmación de pasar consulta en tres ciudades distintas, dando pie a preguntarse: ¿no tiene suficientes pacientes en una ciudad tan habitada como las mencionadas?

Leer lo anterior y ver que el primer capítulo se titula «Dónde, cuándo y cómo ser feliz» puede ser decisivo para que muchos lectores no quieran saber más de este texto que hasta este momento en nada se diferencia de tantos libros de autoayuda que, tras una buena campaña de marketing editorial, ensalzan al autor y lanzan al mercado augurando que entre sus páginas puede encontrarse la panacea.


NO, Aporta o aparta no está entre ese tipo de libros, y la imagen anteriormente creada se desdibuja a medida que entramos en materia; la autora no promete fórmulas mágicas que nos descubran el elixir de la felicidad, y lo deja bien claro:
«La idea de tener que ser feliz rompe con todos los puntos básicos de la felicidad»

Nika Vázquez Segui nos habla desde la problemática realidad a la que se enfrenta a diario, explicándonos desde su experiencia (en su consulta y en los servicios de oncología y hematología), las soluciones que le han funcionado con sus pacientes, en algunos casos enfermos terminales, para afrontar determinados problemas con los que habitualmente podemos encontrarnos. Contratiempos tenemos todos, y, si ha funcionado con ellos, ¿por qué no intentar usar esos conocimientos en nuestro beneficio?
«Locura es hacer una y otra vez lo mismo y esperar resultados diferentes» ~ Albert Einstein.

El texto está desarrollado en 25 capítulos estructurados de manera similar, donde a cada título le asiste una máxima universal atribuida a algún egregio personaje, relacionada con el tema a tratar. Seguidamente Nika nos expone un caso real y cómo consiguió que el paciente lograra solventarlo. A continuación acompaña una pequeña leyenda o fábula, de la que sacar moraleja, y algo de teoría que explica aplicándola a ejemplos, anécdotas y curiosidades, para terminar cada capítulo con un ejercicio práctico, que es de agradecer, venga ya con ejemplos desarrollados, dando libertad al lector de resolverlos de manera particular, o tomar los mencionados como propios para conseguir entender el mensaje en su conjunto. Entre los títulos, la mayoría anuncian con claridad el tema a tratar, promoviendo con oraciones muy sugerentes, la predisposición a su lectura: «¿El dolor se acumula y la felicidad no?». Igualmente en la mayoría de las máximas mencionadas, como esta atribuida a Erich Fromm, queda patente la dirección que tomará el resto del capítulo: «Si con todo lo que tienes no eres feliz, con todo lo que te falta tampoco lo serás».

Es difícil no sacar experiencias positivas de su lectura; entre otros, Nika nos ofrece trucos para bloquear los malos pensamientos y quitarnos de la cabeza esas preocupaciones que como un runrún inmisericorde se anclan rumiando en nuestra mente; nos habla de los beneficios de las crisis; del enriquecimiento que otorga el fracaso; de las ventajas que tiene una persona pesimista sobre una optimista; así como algo tan codiciado y al mismo tiempo agotador e incoherente, como pretender ser feliz a toda costa.

No les quepan dudas:
«Vivir en un estado continuo de felicidad sería igual de insano que anclarse en la más profunda melancolía o enfado»


Extremoduro ~ La vereda de la puerta de atrás

jueves, 30 de marzo de 2017



[...]
«Quiero oír alguna canción
que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor»
[...]



Diario Irlandés ~ Heinrich Böhl

lunes, 20 de marzo de 2017

Durante gran parte de la historia del hombre uno de los más sabios consejos, efectivo generación tras generación en pos de combatir la intolerancia y abrir las mentes contra el embrutecimiento del pensamiento único, ha sido el de viajar, interaccionar con otras civilizaciones; conocer mundo. El viajero regresaba y sus allegados se reunían para escuchar sus aventuras mientras absorbían conocimientos. En las últimas décadas el hecho de viajar, si bien sigue siendo una recomendación saludable, carece del potencial cultural que atesoraba en otras épocas; ahora todo el mundo viaja. Igualmente ha perdido parte del romanticismo y su capacidad de asombro; quien más o quien menos, antes de salir de casa, se ha documentado y visto fotos y vídeos de aquello que luego visitará, conociendo incluso de antemano, las opiniones de aquellos que ya durmieron en sus futuras camas. Diario irlandés es un libro anterior a esa globalización cultural que acapara hoy día los viajes; la antítesis del típico «libro sobre Irlanda» donde el lector puede hallar datos económicos, históricos u otros reclamos; nada que ver con una guía de viajes. 


Fruto de su estancia en la isla entre los años 1954 y 1957, Heinrich Böll rescata entre las páginas de esta pequeña joya de la literatura de viajes, el espíritu del irlandés antes de que el turismo en masa lo destiñera, desgranando a lo largo de dieciocho «fragmentos de prosa», un país anclado en el siglo XIII que mastica pobreza mientras alimenta la esperanza; parco en palabras, que no le gusta madrugar y abarrota cines e iglesias con la misma devoción santa; país de casas vacías, pueblos desiertos, que exporta a sus hijos, perros, tabaco, galletas, cerveza, curas, whiskey, monjas y caballos. Entre caminos que ya no recorre nadie, Böll va conjugando reflexiones, andanzas, desvaríos, situaciones inverosímiles en la distancia, textos escritos al detalle, de intimidades, silencios, resignaciones, sorpresas a las que no termina de acostumbrarse el viajero; que impactan como saetas en la diana. Lecturas de sonrisas tristes y alegres lágrimas, que nos traen y nos llevan, y nos dejan varados con notas de ironía entre gentes que desnudan sus almas.

«-Dímelo francamente -me dijo Padraic después del quinto vaso de cerveza-. ¿Tú no crees que todos los irlandeses están medio locos?
-No -le dije-; creo que solo la mitad de los irlandeses están medio locos.
-Tú tendrías que haber sido diplomático -dijo Padraic, y pidió la sexta cerveza-. Pero ahora dime francamente si nos consideras un pueblo feliz.
-Me parece -dije- que sois más felices de lo que os pensáis. Y si supierais lo felices que sois, enseguida encontraríais algún motivo para ser desgraciados. Tenéis muchos motivos para ser desgraciados, pero además es que os gusta la poesía de la desgracia. A tu salud.
Bebimos, y solo después de la sexta cerveza se atrevió Padraic a preguntarme lo que hacía tanto tiempo ya que tenía ganas de preguntarme.»

Y Böll responde y sigue preguntando, vertiendo saberes en crónicas que matizan el carácter de un pueblo que no conoce la prisa, consciente que «cuando Dios hizo el tiempo, hizo suficiente». Sólo en ese sosiego puede apreciarse un cielo de nubes que albergan, todos los tonos grises que separan el negro del blanco, que vierten sus aguas sobre praderas de verdes sombras, gotas en las que el lugareño observa alegría al caer en tierra firme tras kilómetros de océano regado, pues «¿qué placer puede producirle a la lluvia caer siempre en el agua?». Reflexiones y costumbres de quienes sobreviven en ese paraíso perdido, felices a pesar del hambre, de las normas clericales, de su fe, su escepticismo, su gobierno... donde la importancia de un imperdible, una botella de leche junto a una puerta, o la condición de forastero para abrir una taberna, son determinantes.

«Trece años después» Heinrich Böll vuelve a la isla, pero la Irlanda con la que se encuentra ya no es la misma, ha avanzado en estos años lo que otros países en varios siglos y ni los perros se comportan de la misma manera, por lo que decide poner fin a estas crónicas de viajes, anexo que acompaña en esta edición de Plataforma Editorial, a otro reivindicativo, «En defensa de los lavaderos», un ensayo sobre la dignidad del escritor en una literatura libre de prejuicios.

Cierro estas sensaciones sobre la esencia oculta de Irlanda con el mismo texto con el que el autor abre la obra, palabras al más puro Diario irlandés:
«Esta Irlanda existe, pero el autor no se hace responsable si alguien va allí y no la encuentra.»



Ávidas pretensiones ~ Fernando Aramburu

jueves, 16 de marzo de 2017

Avanzaba el otoño del año 2014 y la melancolía intentaba apoderarse de nuestro espacio más dulce. Aún recuerdo las sensaciones narradas a continuación:

A medida que el frío va tomando protagonismo, el número de clientes que visitan el quiosco de los helados va decreciendo, manteniéndose el buen promedio de ventas gracias a los pedidos a domicilio, que no cesan. Hoteles, restaurantes y residencias son nuestros principales clientes. Este año hemos ampliado el área de reparto a otras localidades cercanas, a las que antes sólo llegábamos por compromiso moral con algunas órdenes religiosas. Cuando a final de temporada hacemos el balance de ventas es sorprendente el alto porcentaje de pedidos que las monjas de los conventos de clausura demandan en relación a las poquitas que son; no deja de ser curioso que ellas, expertas en el arte de la repostería, y en contacto directo con Dios, aún no hayan descubierto los ingredientes que utilizamos para elaborar nuestros helados de nata y sueño y sigan comprando nuestros productos con fidelidad. Hace unos días, cuando me disponía a repartir un pedido en uno de estos conventos, exactamente el de las Hermanas Siervas de las Sagradas Espinas de Jesús, al introducir el camión frigorífico en el almacén donde con permiso de la Superiora descargo las tarrinas de los helados, localicé un tablón a medio barnizar que me llamó la atención; en el mismo resaltaba un grabado donde podía leerse: «la poesía es demasiado importante para dejarla en manos de los poetas». Tal cual.


Comenzar a leer Ávidas pretensiones y sentirme contrariado fue todo uno; durante un largo rato tuve la incertidumbre de si lo que tenía entre las manos era uno de los borradores o la versión definitiva de la novela. Luego, a medida que avanzaba en la lectura, fui tomando conciencia de que el esperpento era deliberado (no podía ser de otra forma), y nadie me había prevenido.

Veintiocho poetas, «lo más granado del panorama lírico español» son citados para asistir a unas jornadas poéticas de tres días de duración en el Convento de las Espinosas, sito en Morilla del Pinar. Al término de las mismas deberán presentar un trabajo sobre «la belleza poética» tras cuya exposición saldrá elegido un ganador. En el proceso de creación del escrito, los asistentes, hambrientos de gloria y con disparidad de vicios, ideologías y apetitos sexuales, sacarán a relucir sus miserias, tanto artísticas como personales. Arracimados en dos bandos enfrentados, el de los realitas (poetas realistas) «la belleza es de derechas» «distracciones de burgueses» «no hay belleza sin justicia» y el de los metafas (poetas metafísicos) «Estamos en minoría. Ganará un izquierdilla o alguna hembra gozada por sus electores», sólo se ponen de acuerdo en una cosa: el deseo de relacionarse sexualmente con la joven lazarilla de uno de los participantes.

Aún siendo elevado el número de protagonistas de la trama, las acciones se van solapando, avanzando y retrocediendo en el tiempo, siendo fácil la identificación de cada uno prescindiendo de la ayuda de la lista de invitados. Al registro de poetas se suman los fantasmas de Bécquer, Mallarmé, los hermanos Machado, Gerardo Diego, Lorca, Cernuda, Panero y Juan Ramón Jiménez, coprotagonista de un capítulo entero. Antonio Colinas, Félix de Azúa, Caballero Bonald y Gimferrer también son aludidos. Ambientada bajo una neblina teñida de un humor sin gracia, en algunas ocasiones es difícil aguantar la carcajada. En otras, el narrador nos sorprende con reflexiones interesantes, «lo peor que puede pasar es el éxito», llegar a casa con el premio, mirarte en el espejo y ver que tu propia imagen «Dice lo gilipollas que somos. Y lo hipócritas. No paramos de mentirnos. Escribimos para que nos perdone la imagen en el espejo, ante la que no podemos fingir».

No faltan en la novela destellos de calidad en forma de metáforas elegantes «la campana del convento derramó nueve lágrimas sonoras en el crepúsculo morado», «habían empezado a encenderse las estrellas», «la necesidad daba luz a sus ojos, el foco de la esquina hacía lo que podía y la luna anoréxica arrojaba sobre la escena unos céntimos de claridad». En contraposición, caprichos de narrador, la amalgama de tropelías que, como si de un sinvergüenza literario se tratase, disemina por toda la novela. Párrafos descoordinados «Cena frugal aderezada con quejas/burlas en las diferentes mesas: esto ni los cerdos, lo que somos, eso lo serás tú», «Ellas habían confiado en que, esperaban que y ahora estaban como al principio, qué putada» frases a medio acabar «Entró Juanjo Changa creyendo que.» y un sinfín de trampas que no dejarán a ningún lector indiferente; desde frases malsonantes  «escrutando por sobre la montura de las gafas de leer» inclusión de palabras inútiles «el padre del hijo del dueño» e incluso driblar la atención del lector  poniendo en un párrafo lo contrario que en el siguiente «la que miraba por la ventana era Susana Valcárcel.» (En el párrafo anterior era Cristina Arroyo).

A pesar de que el narrador no se toma en serio la lengua castellana, Ávidas pretensiones es una candidata perfecta para que un texto suyo inquiete a los aspirantes a superar las pruebas de acceso a la universidad (selectividad) en su vertiente literaria. Si llega el día no olvidarán el nombre de Fernando Aramburu. Y como ya dijo el narrador de esta obra (que posiblemente sea uno de los supervivientes de la misma) y la novela cumple a la perfección: «no en otra cosa consiste la tarea del escritor sino en hacerse presente con sus obras en las conciencias ajenas.»



Ese día piensa en mí ~ Los Suaves

miércoles, 15 de marzo de 2017



[...]
«El día en que llega el gran desengaño,
cuando la vida se burla de tí.»
[...]




Insectos ~ Víctor L. Briones Antón

martes, 14 de marzo de 2017

Ocurrió un 4 de octubre del año 2014. El pavor irracional que presencié en el rostro de algunos párvulos ante la presencia cercana de las moscas motivó que les prestara mayor atención, buscando información adicional a su mera observación. Afirman los investigadores que durante un vuelo normal aletean 200 veces por segundo siendo capaces de modificar la trayectoria del mismo en menos de una centésima. Maravillas de la naturaleza. No obstante como el interior del quiosco de los helados está desinsectado tal y como dicta la normativa vigente en la materia, tan sólo nos acordamos de ellas cuando escuchamos el ruido de las descargas con las que la máquina de rayos ultravioletas las recibe tras embelesarlas con su fototropismo embaucador. Bueno, eso ha sido así siempre con la excepción de una extraña tarde en la que el local se nos llenó de insectos. ¡Menos mal que a esas horas no había clientes! Ángela me miraba estupefacta sin dar crédito a lo que estaba pasando. Aguantamos los nervios como pudimos y pese a tardar un largo rato, dimos con el origen del suceso; como si de un agujero negro se tratase los bichitos entraban y salían del interior de un pequeño libro que alguien había dejado sobre una de las mesas. Nunca supimos cómo se resolvió el embrollo, lo cierto es que cuando descubrimos el foco, los animalillos desaparecieron sin dejar rastro. Observando la portada del libro, una palabra resaltaba en mayúsculas: INSECTOS, debajo un nombre: Víctor L. Briones Antón.


Sostiene un proverbio árabe datado en la Reconquista: «Si te dicen que los caballos españoles vuelan, si son blancos, créetelo.» Igual credulidad atesoran los Insectos cuando eclosionan junto a la pluma de Víctor e imbuidos en metáforas de tinta prestidigitadora alternan su estadio metamorfoseándose en ninfas, larvas, pupas e imagos, danzando en una coreografía tan bien instrumentada que la rima carece de interés.

Comienza el poemario Insectos con un avance esclarecedor de lo que vendrá después, una sutil definición de la palabra entomología que reza así: «Parte de la zoología que trata de los insectos. Pero no los entiende». Comparten protagonismo en las escasas hojas de esta obra de ejemplares numerados, expresivas ilustraciones de Laura del Valle salpicando los poemas y definiciones donde Víctor, en aleatoria simbiosis, otorga a los insectos cualidades humanas mientras «insectiza» otras inherentes a las personas. Al contrario que en la novela, para que el poema cale en el lector es indispensable que quien lo lea lo asuma como propio, y creo que ahí estriba el éxito de la obra, en ese doble juego usado por el poeta valiéndose de los insectos para diseccionar humanos, provocando en cada uno infinidad de interpretaciones:

«Alimentaba piojos con ideas
hasta que quiso vivir entre hombres
y prescindir de sus liendres»

Desconozco el término poético con el que los estudiosos clasificarán esta obra; a mí me recuerda mucho al humor inteligente de la poesía de Gloria Fuertes que leí en mi niñez, eso sí, adaptado a un  público más adulto:

«La ambición del escarabajo
convirtió la bola de estiércol
en un mundo ingobernable»

Y es que el poeta observa detalles que los profanos ignoramos pese a tenerlos presentes; así me sorprenden entre otras, una de las definiciones del piojo: «su fecundidad es extraordinaria» u otra del grillo: «Asesino de silencios incómodos. Muy necesario para el urbanita que demanda un recordatorio de su condición ruidosa cuando va a pasar un fin de semana rural». Cuando no puede decir aquello a que el silencio se refiere, el poeta calla; entonces aprovechan la ocasión los insectos para cobrar vida humana, y podemos disfrutar del canto con el que los grillos, la chicharra y demás músicos-orquesta nos deleitan en un festival de música en directo bajo la luz de las luciérnagas.

No aplaudan si no quieren, pero ténganlo en cuenta:

«En la palma de la mano
el mosquito esperó los aplausos»


Dos días de caza ~ Miguel Delibes

domingo, 12 de marzo de 2017

Fue un 24 de setiembre de 2014 cuando desde el quiosco de los helados quise dejar nota de los dos relatos que conforman esta obra, hoy en día descatalogada. Parece que fue ayer cuando nos dejó el Maestro Delibes, y ya han pasado siete años; las letras salieron así:


Avanza el mes de septiembre y las moscas están cada día más pesadas. A pesar de no ser buen observador, este verano en la terraza del quiosco me ha causado estupor ver cómo estos pequeños dípteros, «familiares / inevitables golosas» protagonistas del poema de Antonio Machado, provocan en algunos chiquillos, con su sola presencia, auténticos ataques de pánico. ¡Cómo cambian los tiempos! El mundo evoluciona y cada día se vive mejor; y a pesar de los grandes avances cada día observo grandes incoherencias a ese progreso. Hace un tiempo que reflexiono sobre uno de los recortes de periódico que hallé mi primer día de trabajo y que me llamó especialmente la atención. Estaba unido a un retrato de Miguel Delibes y el pie de dicha foto rezaba: «la cultura nace en el campo y se pierde en la ciudad». Espero que el mundo prospere de verdad y nuestros hijos no tengan que buscar las palabras que Delibes nos ha legado en un diccionario de rarezas, inverosimilitudes y curiosidades.

Son muchas las novelas, relatos y artículos que el Maestro Delibes consagró a la caza, una de sus mayores aficiones, tal es el caso que llegó a decir de sí mismo: «soy un cazador que escribe». Elegí salir al campo con dos días de caza por tratarse de dos fechas muy significativas, el primero y el último de los días de una temporada; en este caso la del año 63. Entre ambos días «se encierra nada menos toda la temporada».

Es un lujo poder acompañar al Cazador Delibes durante estas dos jornadas cinegéticas. Evadirse del tedio metropolitano y cazar a su lado mientras recibes una auténtica clase de ecologismo, rescatas del tintero viejas palabras castellanas, echas un trago de vino de vez en cuando y al final, tras la jornada, escurres los calcetines y te arrimas a la lumbre. Comienzas a leer y ya estás pisando la verdina al tiempo que se impregna todo de tomillo ambiente. La suerte de poder cazar al lado de la Cuadrilla, esa que conoce la naturaleza, protege el medio ambiente y prioriza dar ventaja a la pieza aún corriendo el riesgo de volver a casa con la percha vacía. Significativa la expresión usada por el cazador castellano cuando se yerra el disparo, «a criar», optimismo ante todo. Disfrutados estos relatos ya no buscaremos la liebre allí donde pasó el pastor, comprenderemos lo que desmoraliza disparar a una torcaz de cola, cómo la perdiz castellana pernocta en los páramos, en los rastrojos y los barbechos, y descubriremos la escasa temporada que pasa por estos lares la codorniz: lo imprescindible para criar.

Alternan la clase magistral de biología, palabras y expresiones cargadas de sabiduría y solera; y es que el Cazador avanza «en mano», abriendo y cerrando la misma en función de las necesidades, cuando tiene hambre «echa un cacho», y si se abate la pieza la pone a orinar, la apiola y la cuelga de la percha. Al acabar la jornada si algún perro se ha aspeado la mano, le añade el remedio sanador. En ocasiones las cosas no salen como quisiera la Cuadrilla, no importa, «si las cosas no pareciese que se tuercen de cuando en cuando para enderezarse luego, la vida no encerraría el menor interés». Desinteresado también es la manera original de repartir las piezas abatidas donde brilla el juego limpio, siempre abanderado por Delibes. En la Cuadrilla no hay diferencias, afición y compañerismo, eso sí: «Una Cuadrilla se forma como las cascajeras del río: a base de años y de erosión».


La tregua ~ Mario Benedetti

lunes, 27 de febrero de 2017

Corría el 9 de septiembre de 2014 cuando desde El quiosco de los helados, publiqué la siguiente. Los días pasaban y continuaba tomando notas de cuanto ocurría. Es curioso la de cosas que se observan desde el otro lado del mostrador. Si tuviera que definir una característica común al cliente tipo, esa sería la sonrisa. Gente dispar, sin parecido apreciable, luciendo idéntica expresión a la hora de pedir su helado. Creo que es la sonrisa de la felicidad. Y me sorprendo pensando el porqué al escuchar esa palabra, «felicidad», automáticamente imaginamos otra vida distinta de la nuestra. Acaso la tenemos tan idealizada que nos cuesta trabajo dar con ella y la consumimos mientras seguimos añorándola. Una cosa tengo clara, si algún día descubro que esa sonrisa no era la de la felicidad, no tendré dudas, era la de La tregua.


Las primeras páginas de este libro se me hicieron demasiado monótonas. El palpable pesimismo, unido al formato de diario en que se desarrolla la novela, estuvo a punto de precipitar el cese de la lectura. Por suerte cuando esto sucedía, saltaba una chispa, una genialidad, una reflexión mágica sobre la vida o un punto de humor que me hacía seguir adelante y ver, que ese leer renqueante, decaía y quedaba atrapado en la historia para siempre. Entonces comprendí que Mario Benedetti había acertado con la fórmula, ideal para encontrar el verdadero sentido de la historia.

Martín Santomé, uruguayo, viudo, tres hijos, próximo a la jubilación escribe el diario de sus últimos días en la empresa. No se trata de un diario al uso, allí plasma deliciosamente sus más íntimas reflexiones y sentimientos. Su vida no ha sido la deseada y comienza a pensar en aquellas cosas que le hubiera gustado mejorar. En pleno análisis aparece en su vida Avellaneda, veinticinco años más joven, alterando la rutina y el ritmo cardiaco. El proceso de enamoramiento no es inmediato, y a menudo surgen sentimientos pasados. Retorna a su mente la imagen de su mujer mientras advierte que recuerda el color de sus ojos, pero ha olvidado su mirada «hacíamos el amor a oscuras. Será por eso.» «Acaso mirábamos demasiado los números… y no teníamos tiempo de mirarnos nosotros». La vida no había sido fácil pues aún superando la muerte de su esposa «todo fue siempre demasiado obligatorio como para que pudiera sentirme feliz». La relación con sus dos hijos varones tampoco ha sido la esperada y en sus defectos como hijos observa sus errores como padre. Su única hija «triste con vocación de alegre» al menos le comprende y acabará siendo su más fiel confidente. La rutinaria vida laboral se va acabando, «A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo», y empieza a plantearse una vida junto a Avellaneda, surgiendo así otro tipo de preocupaciones «Pero si usted es todavía un hombre joven. Todavía. ¿Cuántos años me quedan de todavía?» «Ahora tengo cincuenta años y soy “todavía joven”. Todavía quiere decir: se termina».

Brochazos de ternura salpicados de irónica melancolía conforman una de las más bonitas historias de amor, donde el sumo respeto a la mujer condicionan un mundo de pasión por Avellaneda que dejará al lector absorto. No obstante, y pese a que Benedetti utiliza el amor como telón de fondo, la historia es un órdago en toda regla a nuestra concepción de la felicidad «me revientan los aniversarios, las alegrías y las penas a plazo fijo», una tesis doctoral capaz de vaciar las consultas de los más prestigiosos psicólogos, y es que «la verdadera felicidad, es un estado mucho menos angélico y hasta menos agradable de lo que uno tiende siempre a soñar».


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