La tregua ~ Mario Benedetti

lunes, 27 de febrero de 2017

Corría el 9 de septiembre de 2014 cuando desde El quiosco de los helados, publiqué la siguiente. Los días pasaban y continuaba tomando notas de cuanto ocurría. Es curioso la de cosas que se observan desde el otro lado del mostrador. Si tuviera que definir una característica común al cliente tipo, esa sería la sonrisa. Gente dispar, sin parecido apreciable, luciendo idéntica expresión a la hora de pedir su helado. Creo que es la sonrisa de la felicidad. Y me sorprendo pensando el porqué al escuchar esa palabra, «felicidad», automáticamente imaginamos otra vida distinta de la nuestra. Acaso la tenemos tan idealizada que nos cuesta trabajo dar con ella y la consumimos mientras seguimos añorándola. Una cosa tengo clara, si algún día descubro que esa sonrisa no era la de la felicidad, no tendré dudas, era la de La tregua.


Las primeras páginas de este libro se me hicieron demasiado monótonas. El palpable pesimismo, unido al formato de diario en que se desarrolla la novela, estuvo a punto de precipitar el cese de la lectura. Por suerte cuando esto sucedía, saltaba una chispa, una genialidad, una reflexión mágica sobre la vida o un punto de humor que me hacía seguir adelante y ver, que ese leer renqueante, decaía y quedaba atrapado en la historia para siempre. Entonces comprendí que Mario Benedetti había acertado con la fórmula, ideal para encontrar el verdadero sentido de la historia.

Martín Santomé, uruguayo, viudo, tres hijos, próximo a la jubilación escribe el diario de sus últimos días en la empresa. No se trata de un diario al uso, allí plasma deliciosamente sus más íntimas reflexiones y sentimientos. Su vida no ha sido la deseada y comienza a pensar en aquellas cosas que le hubiera gustado mejorar. En pleno análisis aparece en su vida Avellaneda, veinticinco años más joven, alterando la rutina y el ritmo cardiaco. El proceso de enamoramiento no es inmediato, y a menudo surgen sentimientos pasados. Retorna a su mente la imagen de su mujer mientras advierte que recuerda el color de sus ojos, pero ha olvidado su mirada «hacíamos el amor a oscuras. Será por eso.» «Acaso mirábamos demasiado los números… y no teníamos tiempo de mirarnos nosotros». La vida no había sido fácil pues aún superando la muerte de su esposa «todo fue siempre demasiado obligatorio como para que pudiera sentirme feliz». La relación con sus dos hijos varones tampoco ha sido la esperada y en sus defectos como hijos observa sus errores como padre. Su única hija «triste con vocación de alegre» al menos le comprende y acabará siendo su más fiel confidente. La rutinaria vida laboral se va acabando, «A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo», y empieza a plantearse una vida junto a Avellaneda, surgiendo así otro tipo de preocupaciones «Pero si usted es todavía un hombre joven. Todavía. ¿Cuántos años me quedan de todavía?» «Ahora tengo cincuenta años y soy “todavía joven”. Todavía quiere decir: se termina».

Brochazos de ternura salpicados de irónica melancolía conforman una de las más bonitas historias de amor, donde el sumo respeto a la mujer condicionan un mundo de pasión por Avellaneda que dejará al lector absorto. No obstante, y pese a que Benedetti utiliza el amor como telón de fondo, la historia es un órdago en toda regla a nuestra concepción de la felicidad «me revientan los aniversarios, las alegrías y las penas a plazo fijo», una tesis doctoral capaz de vaciar las consultas de los más prestigiosos psicólogos, y es que «la verdadera felicidad, es un estado mucho menos angélico y hasta menos agradable de lo que uno tiende siempre a soñar».


Cuento Kilómetros ~ Mario Crespo

viernes, 24 de febrero de 2017

El 21 de agosto de 2014 coincidí con Claudio Rivera, el anterior dependiente; acababa de llegar de uno de sus viajes y emprendía otro al día siguiente, por lo que solo pudimos cambiar unas breves impresiones; le devolví su libro y me deseó buena suerte: «disfrutarás en el quiosco, esos helados portan magia». Alertado por esa confesión, quise quedar con él, preguntarle por sus viajes e indagar sobre los conocimientos que pudiera facilitarme acerca de la fábrica de sueños. «Paro poco por la ciudad –me dijo,  si quieres ir viendo cómo son mis viajes, échale un vistazo a Cuento kilómetros, un libro del escritor zamorano Mario Crespo». Decidí hacerle caso.

Hacer parada en cada una de las estaciones de Cuento Kilómetros es revivir aventuras de juventud, reflejos de quien al igual que Claudio, tuvo la osadía de dejar el cómodo hogar para salir a conocer mundo y partirse la cara para juntar sus primeros ahorros.

Mario Crespo teje una historia conectando una sucesión de relatos en torno a la figura de Claudio Rivera. Misivas de sus amigos, narraciones directas del protagonista, así como del propio Mario. Distintas voces desgranan algunos de los episodios que marcaron su juventud mientras nos descubren cómo ha ido evolucionando su personalidad. En poco menos del centenar de hojas, transcurren diez años en la vida de Claudio. En sus desplazamientos por media Europa observamos cómo una visita turística puede convertirse en un acto de culto, somos espectadores directos de los distintos trabajos que le toca desempeñar, así como de las más diversas polémicas en las que se verá envuelto por ser fiel a su sentido de la justicia. Las sucesivas anécdotas son aderezadas con un calor muy humano. Igual se las ingenia para camelarse a un «oso mulato» en un burdel de Barcelona, que para salir airoso ante la policía inglesa, lidiar con la agresora directora de un hotel sueco en cuya frente resaltaban «tres venas talladas en altorrelieve» o conseguir que en el aula universitaria siga presente un compañero que se había suicidado. Sus andanzas le llevan a compartir techo y morral con los más variopintos personajes, entre ellos dos proxenetas, cuya convivencia resume Mario de manera elegante: «Al principio todo fue bien, por la vía de la diplomacia. Los tocamientos genitales vinieron después, a las pocas semanas». No quiero terminar esta reseña sin mencionar al sucio argelino, encargado de un restaurante de comida española en Inglaterra, al que tras la lectura, a más de uno apetecerá patearle el culo.

En medio de tantas lecturas convencionales, esta novela de Mario Crespo aporta un aire fresco, una prosa ágil y directa que seduce al lector desde la primera frase.


14 ~ Jean Echenoz

domingo, 19 de febrero de 2017

Corría el 1 de agosto de 2014, cuando decidí publicar desde El quiosco de los helados esta reseña, la primera. Aquel era el día, y no podía dejar pasar la ocasión:
Cuando comencé a trabajar en el quiosco de los helados, en el aparador donde guardamos los mandiles, me encontré con este libro; junto a él, decenas de recortes de periódicos con noticias que ya iré relatando. Pregunté a Ángeles (mi jefa) por su propietario y me dijo que era del anterior dependiente. Le telefoneé para comunicarle el olvido y me dijo que pasaría a por él cuando volviera de un viaje, que no dudara en leerlo ya que tenía en mis manos una novela magistral escrita por un francés cuyo nombre se estaba barajando como uno de los candidatos a optar al Premio Nobel de Literatura.

Siempre he sido reticente ante la concesión de determinados premios, pero con esas expectativas y aunque el autor aún no me sonaba, tan pronto llegué a casa me puse con él. Sus 98 páginas, agrupadas en 15 cortos capítulos donde me dijeron que no sobraba ni una coma, eran estímulo suficiente.

A medida que avanzaba en la lectura fui corroborando que no es el típico superventas que te seduce desde la primera página. Se trata de un libro «frío» donde se narran de forma muy breve situaciones y sentimientos inherentes a una guerra, en este caso a «la Gran Guerra».

El autor novela con palabras sencillas, la vida de cinco súbditos franceses llamados a filas para combatir en el frente. Se trata de Anthime y tres de sus amigos (Padioleau, Bossis y Arcenel). Junto a ellos también parte Charles, personaje peculiar emparentado con Anthime (esta relación no se descubre hasta la página 55 del libro). Una mujer, Blanche, embarazada de uno de ellos, vive el conflicto desde casa.

Destaca la habilidad del autor, constante a la narración de esta obra,  para hacer danzar en medio de la vorágine, retazos atroces entre centellas de humor, consiguiendo una coreografía irónicamente macabra. En ocasiones la vida es así.

SUENAN CAMPANAS
La historia comienza el 1 de agosto de 1914. Son las cuatro de la tarde y las campanas anuncian que ha llegado el día; en medio de la algarabía, destella la inocencia de nuestros personajes: «Anthime se la esperaba un poco, pero no se imaginaba que pudiese caer en un sábado», «era inevitable» le dice Charles «será cosa de 15 días como mucho». Entre el bullicio, alegría, lágrimas y despedidas. Sobran las palabras, la escena la inmortalizó el pintor Albert Herter en el fresco «Gare de l´est». Antes de partir hacia el frente los más espabilados o más cobardes han hecho sus triquiñuelas para buscarse un buen enchufe que les libre de la guerra; se quedan junto a los viejos, mujeres y niños, quienes deberán mantener los negocios. Los que no tuvieron tanta suerte, de camino hacia la batalla van sufriendo la vileza de la gente del país al que van a defender; víctimas de sus miserias ven cómo se aprovechan multiplicando el precio de los productos, sabedores de las necesidades de sus soldados. El camino se hace duro, la precaria indumentaria unida al mal género de los materiales hacen de la marcha un auténtico calvario: «Cuando empezó a llover la mochila casi duplicó su peso y el viento se levantó cual masa autoritaria, tan pesadamente helado que todos se extrañaban de que se moviese». De camino hacia la batalla, algunos aún tienen suerte y se van quedando en destacamentos alejados de las balas del enemigo.

EL FRENTE
El autor nos mete de lleno en el campo de batalla; hasta ese momento quizá quedaba algo de inocencia en las almas de nuestros protagonistas. Sorprendidos ante el comienzo del combate, comienza a palparse el peligro. Los músicos tocan «La Marsellesa» tras la primera línea de fuego donde también son bautizados por las balas. Junto a los primeros proyectiles, se oyen los tétricos gritos de los heridos, y te salpican los primeros chorros de sangre. Sin saber muy bien cómo, te haces testigo del pánico, que poco a poco se va apoderando de ti. En medio del polvo, las piedras y la metralla, te ves salpicado de tripas y trozos de carne humana; no tardando, el ambiente  se infesta con los putrefactos restos corrompido de los caballos y cadáveres humanos, las plagas de ratas hacen su fiesta y los piojos te chupan la sangre. Es en ese momento cuando  te das cuenta que sí, que se puede vomitar de miedo. Cuando ya no sabes cómo escapar de esa atrocidad, Echenoz detiene la escena y nos hace una aclaración: ES UNA GUERRA, «Esto se ha descrito mil veces, quizá no merece la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera». Luego te das cuenta que de una guerra no escapa nadie y si alguno sobrevive, coexiste con ella para siempre. Se suceden escenas dantescas como la sorprendente alegría desorbitada de la tropa ante la suerte del compañero mutilado, «él al menos podrá contarlo». Otros tendrán otras opciones, las balas enemigas o las propias por desertor; en medio de ellas otra posibilidad: el suicidio. Ver caer a tus amigos y quedarte solo es psicológicamente devastador.

AÚN HUELE A PÓLVORA
La guerra termina para algunos, para pocos… a los muertos, huérfanos y viudas, se unen los mutilados. Se escuchan frases heladoras donde el manco celebra su suerte, ante el destino que ha otros ha dejado ciegos… Y entre tanto olor a pólvora un retazo de progreso «todos los conflictos tienen su parte positiva». Según van surgiendo las necesidades se va agudizando el ingenio lográndose nuevos inventos: zapatos para mutilados, relojes de pulsera, y otros muchos artilugios paridos ante unas miserias que es mejor no recordar.


(He escrito lo que me ha salido, quizá no en el modo habitual, pero el tiempo apremiaba. A la hora exacta en que ven la luz estas palabras, se cumplen 100 años del comienzo de la aventura.)

El quiosco de los helados

viernes, 17 de febrero de 2017

De cómo acabé trabajando en El quiosco de los helados (verano de 2014):

Hubo un tiempo en que trabajaba en una librería las más de las horas, sobre todos las nocturnas. No recuerdo bien en qué consistía el trabajo, pero lo cierto es que me despertaba muy cansado por las mañanas.

Una noche, poco antes de despertar de mi jornada laboral, cierto personaje que parecía recién escapado de un cuento de aventuras, se acercó diciéndome al oído: «la gerencia de la empresa ha dictaminado que esta será tu última noche en la fábrica de sueños, algún día podrás volver, pero antes deberás escribir; en cuanto empieces comprenderás de qué te hablo».

Cuando desperté quedé pensativo un largo rato; era la primera vez que me despedían y todo había sucedido de una manera un tanto irreal. A decir verdad, incluso llegué a pensar que podía tratarse de un sueño.

Las siguientes noches no descansé; me despertaba sumido en un mundo de ecos, parapetado bajo las sábanas. Los días se hacían largos, y aunque en alguna ocasión me enfrenté al papel en blanco, mi estéril imaginación no encontraba el rumbo, haciéndome brujulear por las profundidades de la nada.

La soledad me asfixiaba y decidí salir al fresco. Cerca de casa hay un parque. Lo atravesé oxigenándome, buscando distracción en las formas de sus árboles. Las fuentes y pajareras alegraban el camino hasta el estanque de los patos. En cada banco gente conocida, algunos incluso nacidos en siglos pasados.

Salía ya del lugar más agradable de la ciudad, cuando una estatua llamó mi atención, era una figura humana que parecía estar recitando un verso. Seguí la estela de su mano y quedé atónito; allí, junto al número doce de la calle, se encontraba tal y como la recordaba la librería en la que había trabajado tantas noches. La gente entraba y salía constantemente, felices con sus libros de la mano. Me dispuse a entrar pero no acertaba a localizar la puerta. La gente traspasaba la fachada exhibiendo propiedades etéreas.

Mi cordura se desvanecía cuando una voz hechizó mi atención. Salía del interior de la estatua, la voz del misterioso personaje que conocí la noche de marras; esta vez me decía: «te recomendé que escribieras y no lo has hecho, por eso no comprendes nada, te daré otra oportunidad, ve hacia el quiosco de los helados que tienes enfrente, déjate llevar y empezarás a comprender algunas cosas».

Hipnotizado ante tamaños delirios, mis pasos me condujeron en esa dirección. El quiosco de los helados se encontraba a la salida del parque, y era uno de los puntos de encuentro más conocidos de la ciudad. A su lado la estatua y frente a ella, mi codiciada librería.

En el interior del quiosco una mujer despachaba helados con una sonrisa mágica. Cuando reparó en mi presencia, me instó a acercarme y con aire familiar me preguntó: «¿eres tú el que anda buscando trabajo?», mi cara debía de ser un poema, y rimaba de forma asertiva.

Desde que trabajo al lado de Ángeles he vuelto a dormir por las noches, disfruto con el trabajo y lo más importante de todo, tengo la posibilidad de seguir investigando los secretos para regresar a la fábrica de sueños.

A menudo los clientes de la librería frecuentan el quiosco de los helados, y aunque de momento no me atrevo a hacer demasiadas preguntas, les observo muy de cerca.


Y eso era amor

viernes, 3 de febrero de 2017



Cumpleaños ~ Ángel González

Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

(Ángel González)


Antes de que cuente diez ~ Fito & Fitipaldis




 «Puedo escribir y no disimular
  es la ventaja de irse haciendo viejo»
[...]


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