Extremoduro ~ La vereda de la puerta de atrás

jueves, 30 de marzo de 2017



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«Quiero oír alguna canción
que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor»
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Diario Irlandés ~ Heinrich Böhl

lunes, 20 de marzo de 2017

Durante gran parte de la historia del hombre uno de los más sabios consejos, efectivo generación tras generación en pos de combatir la intolerancia y abrir las mentes contra el embrutecimiento del pensamiento único, ha sido el de viajar, interaccionar con otras civilizaciones; conocer mundo. El viajero regresaba y sus allegados se reunían para escuchar sus aventuras mientras absorbían conocimientos. En las últimas décadas el hecho de viajar, si bien sigue siendo una recomendación saludable, carece del potencial cultural que atesoraba en otras épocas; ahora todo el mundo viaja. Igualmente ha perdido parte del romanticismo y su capacidad de asombro; quien más o quien menos, antes de salir de casa, se ha documentado y visto fotos y vídeos de aquello que luego visitará, conociendo incluso de antemano, las opiniones de aquellos que ya durmieron en sus futuras camas. Diario irlandés es un libro anterior a esa globalización cultural que acapara hoy día los viajes; la antítesis del típico «libro sobre Irlanda» donde el lector puede hallar datos económicos, históricos u otros reclamos; nada que ver con una guía de viajes. 


Fruto de su estancia en la isla entre los años 1954 y 1957, Heinrich Böll rescata entre las páginas de esta pequeña joya de la literatura de viajes, el espíritu del irlandés antes de que el turismo en masa lo destiñera, desgranando a lo largo de dieciocho «fragmentos de prosa», un país anclado en el siglo XIII que mastica pobreza mientras alimenta la esperanza; parco en palabras, que no le gusta madrugar y abarrota cines e iglesias con la misma devoción santa; país de casas vacías, pueblos desiertos, que exporta a sus hijos, perros, tabaco, galletas, cerveza, curas, whiskey, monjas y caballos. Entre caminos que ya no recorre nadie, Böll va conjugando reflexiones, andanzas, desvaríos, situaciones inverosímiles en la distancia, textos escritos al detalle, de intimidades, silencios, resignaciones, sorpresas a las que no termina de acostumbrarse el viajero; que impactan como saetas en la diana. Lecturas de sonrisas tristes y alegres lágrimas, que nos traen y nos llevan, y nos dejan varados con notas de ironía entre gentes que desnudan sus almas.

«-Dímelo francamente -me dijo Padraic después del quinto vaso de cerveza-. ¿Tú no crees que todos los irlandeses están medio locos?
-No -le dije-; creo que solo la mitad de los irlandeses están medio locos.
-Tú tendrías que haber sido diplomático -dijo Padraic, y pidió la sexta cerveza-. Pero ahora dime francamente si nos consideras un pueblo feliz.
-Me parece -dije- que sois más felices de lo que os pensáis. Y si supierais lo felices que sois, enseguida encontraríais algún motivo para ser desgraciados. Tenéis muchos motivos para ser desgraciados, pero además es que os gusta la poesía de la desgracia. A tu salud.
Bebimos, y solo después de la sexta cerveza se atrevió Padraic a preguntarme lo que hacía tanto tiempo ya que tenía ganas de preguntarme.»

Y Böll responde y sigue preguntando, vertiendo saberes en crónicas que matizan el carácter de un pueblo que no conoce la prisa, consciente que «cuando Dios hizo el tiempo, hizo suficiente». Sólo en ese sosiego puede apreciarse un cielo de nubes que albergan, todos los tonos grises que separan el negro del blanco, que vierten sus aguas sobre praderas de verdes sombras, gotas en las que el lugareño observa alegría al caer en tierra firme tras kilómetros de océano regado, pues «¿qué placer puede producirle a la lluvia caer siempre en el agua?». Reflexiones y costumbres de quienes sobreviven en ese paraíso perdido, felices a pesar del hambre, de las normas clericales, de su fe, su escepticismo, su gobierno... donde la importancia de un imperdible, una botella de leche junto a una puerta, o la condición de forastero para abrir una taberna, son determinantes.

«Trece años después» Heinrich Böll vuelve a la isla, pero la Irlanda con la que se encuentra ya no es la misma, ha avanzado en estos años lo que otros países en varios siglos y ni los perros se comportan de la misma manera, por lo que decide poner fin a estas crónicas de viajes, anexo que acompaña en esta edición de Plataforma Editorial, a otro reivindicativo, «En defensa de los lavaderos», un ensayo sobre la dignidad del escritor en una literatura libre de prejuicios.

Cierro estas sensaciones sobre la esencia oculta de Irlanda con el mismo texto con el que el autor abre la obra, palabras al más puro Diario irlandés:
«Esta Irlanda existe, pero el autor no se hace responsable si alguien va allí y no la encuentra.»



Ávidas pretensiones ~ Fernando Aramburu

jueves, 16 de marzo de 2017

Avanzaba el otoño del año 2014 y la melancolía intentaba apoderarse de nuestro espacio más dulce. Aún recuerdo las sensaciones narradas a continuación:

A medida que el frío va tomando protagonismo, el número de clientes que visitan el quiosco de los helados va decreciendo, manteniéndose el buen promedio de ventas gracias a los pedidos a domicilio, que no cesan. Hoteles, restaurantes y residencias son nuestros principales clientes. Este año hemos ampliado el área de reparto a otras localidades cercanas, a las que antes sólo llegábamos por compromiso moral con algunas órdenes religiosas. Cuando a final de temporada hacemos el balance de ventas es sorprendente el alto porcentaje de pedidos que las monjas de los conventos de clausura demandan en relación a las poquitas que son; no deja de ser curioso que ellas, expertas en el arte de la repostería, y en contacto directo con Dios, aún no hayan descubierto los ingredientes que utilizamos para elaborar nuestros helados de nata y sueño y sigan comprando nuestros productos con fidelidad. Hace unos días, cuando me disponía a repartir un pedido en uno de estos conventos, exactamente el de las Hermanas Siervas de las Sagradas Espinas de Jesús, al introducir el camión frigorífico en el almacén donde con permiso de la Superiora descargo las tarrinas de los helados, localicé un tablón a medio barnizar que me llamó la atención; en el mismo resaltaba un grabado donde podía leerse: «la poesía es demasiado importante para dejarla en manos de los poetas». Tal cual.


Comenzar a leer Ávidas pretensiones y sentirme contrariado fue todo uno; durante un largo rato tuve la incertidumbre de si lo que tenía entre las manos era uno de los borradores o la versión definitiva de la novela. Luego, a medida que avanzaba en la lectura, fui tomando conciencia de que el esperpento era deliberado (no podía ser de otra forma), y nadie me había prevenido.

Veintiocho poetas, «lo más granado del panorama lírico español» son citados para asistir a unas jornadas poéticas de tres días de duración en el Convento de las Espinosas, sito en Morilla del Pinar. Al término de las mismas deberán presentar un trabajo sobre «la belleza poética» tras cuya exposición saldrá elegido un ganador. En el proceso de creación del escrito, los asistentes, hambrientos de gloria y con disparidad de vicios, ideologías y apetitos sexuales, sacarán a relucir sus miserias, tanto artísticas como personales. Arracimados en dos bandos enfrentados, el de los realitas (poetas realistas) «la belleza es de derechas» «distracciones de burgueses» «no hay belleza sin justicia» y el de los metafas (poetas metafísicos) «Estamos en minoría. Ganará un izquierdilla o alguna hembra gozada por sus electores», sólo se ponen de acuerdo en una cosa: el deseo de relacionarse sexualmente con la joven lazarilla de uno de los participantes.

Aún siendo elevado el número de protagonistas de la trama, las acciones se van solapando, avanzando y retrocediendo en el tiempo, siendo fácil la identificación de cada uno prescindiendo de la ayuda de la lista de invitados. Al registro de poetas se suman los fantasmas de Bécquer, Mallarmé, los hermanos Machado, Gerardo Diego, Lorca, Cernuda, Panero y Juan Ramón Jiménez, coprotagonista de un capítulo entero. Antonio Colinas, Félix de Azúa, Caballero Bonald y Gimferrer también son aludidos. Ambientada bajo una neblina teñida de un humor sin gracia, en algunas ocasiones es difícil aguantar la carcajada. En otras, el narrador nos sorprende con reflexiones interesantes, «lo peor que puede pasar es el éxito», llegar a casa con el premio, mirarte en el espejo y ver que tu propia imagen «Dice lo gilipollas que somos. Y lo hipócritas. No paramos de mentirnos. Escribimos para que nos perdone la imagen en el espejo, ante la que no podemos fingir».

No faltan en la novela destellos de calidad en forma de metáforas elegantes «la campana del convento derramó nueve lágrimas sonoras en el crepúsculo morado», «habían empezado a encenderse las estrellas», «la necesidad daba luz a sus ojos, el foco de la esquina hacía lo que podía y la luna anoréxica arrojaba sobre la escena unos céntimos de claridad». En contraposición, caprichos de narrador, la amalgama de tropelías que, como si de un sinvergüenza literario se tratase, disemina por toda la novela. Párrafos descoordinados «Cena frugal aderezada con quejas/burlas en las diferentes mesas: esto ni los cerdos, lo que somos, eso lo serás tú», «Ellas habían confiado en que, esperaban que y ahora estaban como al principio, qué putada» frases a medio acabar «Entró Juanjo Changa creyendo que.» y un sinfín de trampas que no dejarán a ningún lector indiferente; desde frases malsonantes  «escrutando por sobre la montura de las gafas de leer» inclusión de palabras inútiles «el padre del hijo del dueño» e incluso driblar la atención del lector  poniendo en un párrafo lo contrario que en el siguiente «la que miraba por la ventana era Susana Valcárcel.» (En el párrafo anterior era Cristina Arroyo).

A pesar de que el narrador no se toma en serio la lengua castellana, Ávidas pretensiones es una candidata perfecta para que un texto suyo inquiete a los aspirantes a superar las pruebas de acceso a la universidad (selectividad) en su vertiente literaria. Si llega el día no olvidarán el nombre de Fernando Aramburu. Y como ya dijo el narrador de esta obra (que posiblemente sea uno de los supervivientes de la misma) y la novela cumple a la perfección: «no en otra cosa consiste la tarea del escritor sino en hacerse presente con sus obras en las conciencias ajenas.»



Ese día piensa en mí ~ Los Suaves

miércoles, 15 de marzo de 2017



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«El día en que llega el gran desengaño,
cuando la vida se burla de tí.»
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Insectos ~ Víctor L. Briones Antón

martes, 14 de marzo de 2017

Ocurrió un 4 de octubre del año 2014. El pavor irracional que presencié en el rostro de algunos párvulos ante la presencia cercana de las moscas motivó que les prestara mayor atención, buscando información adicional a su mera observación. Afirman los investigadores que durante un vuelo normal aletean 200 veces por segundo siendo capaces de modificar la trayectoria del mismo en menos de una centésima. Maravillas de la naturaleza. No obstante como el interior del quiosco de los helados está desinsectado tal y como dicta la normativa vigente en la materia, tan sólo nos acordamos de ellas cuando escuchamos el ruido de las descargas con las que la máquina de rayos ultravioletas las recibe tras embelesarlas con su fototropismo embaucador. Bueno, eso ha sido así siempre con la excepción de una extraña tarde en la que el local se nos llenó de insectos. ¡Menos mal que a esas horas no había clientes! Ángela me miraba estupefacta sin dar crédito a lo que estaba pasando. Aguantamos los nervios como pudimos y pese a tardar un largo rato, dimos con el origen del suceso; como si de un agujero negro se tratase los bichitos entraban y salían del interior de un pequeño libro que alguien había dejado sobre una de las mesas. Nunca supimos cómo se resolvió el embrollo, lo cierto es que cuando descubrimos el foco, los animalillos desaparecieron sin dejar rastro. Observando la portada del libro, una palabra resaltaba en mayúsculas: INSECTOS, debajo un nombre: Víctor L. Briones Antón.


Sostiene un proverbio árabe datado en la Reconquista: «Si te dicen que los caballos españoles vuelan, si son blancos, créetelo.» Igual credulidad atesoran los Insectos cuando eclosionan junto a la pluma de Víctor e imbuidos en metáforas de tinta prestidigitadora alternan su estadio metamorfoseándose en ninfas, larvas, pupas e imagos, danzando en una coreografía tan bien instrumentada que la rima carece de interés.

Comienza el poemario Insectos con un avance esclarecedor de lo que vendrá después, una sutil definición de la palabra entomología que reza así: «Parte de la zoología que trata de los insectos. Pero no los entiende». Comparten protagonismo en las escasas hojas de esta obra de ejemplares numerados, expresivas ilustraciones de Laura del Valle salpicando los poemas y definiciones donde Víctor, en aleatoria simbiosis, otorga a los insectos cualidades humanas mientras «insectiza» otras inherentes a las personas. Al contrario que en la novela, para que el poema cale en el lector es indispensable que quien lo lea lo asuma como propio, y creo que ahí estriba el éxito de la obra, en ese doble juego usado por el poeta valiéndose de los insectos para diseccionar humanos, provocando en cada uno infinidad de interpretaciones:

«Alimentaba piojos con ideas
hasta que quiso vivir entre hombres
y prescindir de sus liendres»

Desconozco el término poético con el que los estudiosos clasificarán esta obra; a mí me recuerda mucho al humor inteligente de la poesía de Gloria Fuertes que leí en mi niñez, eso sí, adaptado a un  público más adulto:

«La ambición del escarabajo
convirtió la bola de estiércol
en un mundo ingobernable»

Y es que el poeta observa detalles que los profanos ignoramos pese a tenerlos presentes; así me sorprenden entre otras, una de las definiciones del piojo: «su fecundidad es extraordinaria» u otra del grillo: «Asesino de silencios incómodos. Muy necesario para el urbanita que demanda un recordatorio de su condición ruidosa cuando va a pasar un fin de semana rural». Cuando no puede decir aquello a que el silencio se refiere, el poeta calla; entonces aprovechan la ocasión los insectos para cobrar vida humana, y podemos disfrutar del canto con el que los grillos, la chicharra y demás músicos-orquesta nos deleitan en un festival de música en directo bajo la luz de las luciérnagas.

No aplaudan si no quieren, pero ténganlo en cuenta:

«En la palma de la mano
el mosquito esperó los aplausos»


Dos días de caza ~ Miguel Delibes

domingo, 12 de marzo de 2017

Fue un 24 de setiembre de 2014 cuando desde el quiosco de los helados quise dejar nota de los dos relatos que conforman esta obra, hoy en día descatalogada. Parece que fue ayer cuando nos dejó el Maestro Delibes, y ya han pasado siete años; las letras salieron así:


Avanza el mes de septiembre y las moscas están cada día más pesadas. A pesar de no ser buen observador, este verano en la terraza del quiosco me ha causado estupor ver cómo estos pequeños dípteros, «familiares / inevitables golosas» protagonistas del poema de Antonio Machado, provocan en algunos chiquillos, con su sola presencia, auténticos ataques de pánico. ¡Cómo cambian los tiempos! El mundo evoluciona y cada día se vive mejor; y a pesar de los grandes avances cada día observo grandes incoherencias a ese progreso. Hace un tiempo que reflexiono sobre uno de los recortes de periódico que hallé mi primer día de trabajo y que me llamó especialmente la atención. Estaba unido a un retrato de Miguel Delibes y el pie de dicha foto rezaba: «la cultura nace en el campo y se pierde en la ciudad». Espero que el mundo prospere de verdad y nuestros hijos no tengan que buscar las palabras que Delibes nos ha legado en un diccionario de rarezas, inverosimilitudes y curiosidades.

Son muchas las novelas, relatos y artículos que el Maestro Delibes consagró a la caza, una de sus mayores aficiones, tal es el caso que llegó a decir de sí mismo: «soy un cazador que escribe». Elegí salir al campo con dos días de caza por tratarse de dos fechas muy significativas, el primero y el último de los días de una temporada; en este caso la del año 63. Entre ambos días «se encierra nada menos toda la temporada».

Es un lujo poder acompañar al Cazador Delibes durante estas dos jornadas cinegéticas. Evadirse del tedio metropolitano y cazar a su lado mientras recibes una auténtica clase de ecologismo, rescatas del tintero viejas palabras castellanas, echas un trago de vino de vez en cuando y al final, tras la jornada, escurres los calcetines y te arrimas a la lumbre. Comienzas a leer y ya estás pisando la verdina al tiempo que se impregna todo de tomillo ambiente. La suerte de poder cazar al lado de la Cuadrilla, esa que conoce la naturaleza, protege el medio ambiente y prioriza dar ventaja a la pieza aún corriendo el riesgo de volver a casa con la percha vacía. Significativa la expresión usada por el cazador castellano cuando se yerra el disparo, «a criar», optimismo ante todo. Disfrutados estos relatos ya no buscaremos la liebre allí donde pasó el pastor, comprenderemos lo que desmoraliza disparar a una torcaz de cola, cómo la perdiz castellana pernocta en los páramos, en los rastrojos y los barbechos, y descubriremos la escasa temporada que pasa por estos lares la codorniz: lo imprescindible para criar.

Alternan la clase magistral de biología, palabras y expresiones cargadas de sabiduría y solera; y es que el Cazador avanza «en mano», abriendo y cerrando la misma en función de las necesidades, cuando tiene hambre «echa un cacho», y si se abate la pieza la pone a orinar, la apiola y la cuelga de la percha. Al acabar la jornada si algún perro se ha aspeado la mano, le añade el remedio sanador. En ocasiones las cosas no salen como quisiera la Cuadrilla, no importa, «si las cosas no pareciese que se tuercen de cuando en cuando para enderezarse luego, la vida no encerraría el menor interés». Desinteresado también es la manera original de repartir las piezas abatidas donde brilla el juego limpio, siempre abanderado por Delibes. En la Cuadrilla no hay diferencias, afición y compañerismo, eso sí: «Una Cuadrilla se forma como las cascajeras del río: a base de años y de erosión».


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