42 kilómetros para amar el maratón ~ Alfredo Varona

viernes, 14 de abril de 2017

Fue un 3 de abril del año 2015 cuando, desde el quiosco de los helados, escribí esto; decía así: Cornetas y tambores amenizan las calles, ciñendo lo cotidiano a ritmo de procesión. Es Viernes Santo. Calles cortadas y tupidos aparcamientos dificultan el tránsito mientras los hosteleros hacen su agosto a primeros de abril; este año la localidad está engalanada en demasía, delatando la cercanía electoral. El quiosco de los helados se mantiene en plena ebullición tras adaptar los horarios de apertura al testigo de las alarmas estomacales de los clientes, en clara maniobra de contrarrestar el tradicional consumo de torrijas y demás dulces de Pascua. A pesar de la dificultad de encontrar antipiréticos que te mantengan inmune a la fiebre festiva que fluctúa en el ambiente, los atletas que acostumbran a entrenar en el parque sito a espaldas del quiosco hoy tampoco han perdonado su entrenamiento. Huele a incienso y elucubro si aquello que Alan Sillitoe llamó «la soledad del corredor de fondo» no tendrá alguna relación con procesionar oculto bajo el caperuz de alguna de las muchas cofradías que protagonizan la Semana Santa, y si bien es cierto que hasta que no pasa el último cofrade no acaba la procesión, acierto al creer, que en maratón, cruzar la meta es ya una forma de subir al podio.


Cuenta la leyenda que allá por el año 490 a.C. un soldado griego llamado Filípides tuvo la importante misión de recorrer la distancia que separa Maratón y Atenas, para comunicar la victoria griega ante los persas; tras cumplir su cometido, pereció, pero su terrible esfuerzo salvó la vida de muchos atenienses, pues de no haber llegado a tiempo, las mujeres helenas tenían orden de matar a sus hijos y después suicidarse, ante el temor a padecer las crueldades prometidas por los persas si salían victoriosos. Con el tiempo esta gesta heroica recibió justo homenaje siendo incluida en los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, Atenas 1896, quedando la distancia inamovible en 42,195 km desde que en 1908 los ingleses se empeñaran en que su reina pudiera ver la salida desde el Castillo de Windsor (al parecer ese día llovía y a su acomodada majestad no le apetecía abrir el paraguas); esta era la distancia exacta que separaba el alojamiento real del estadio olímpico londinense. Mitos o leyendas, la realidad otorga al maratón la categoría de prueba reina del atletismo, tan solo equiparable, (debido al interés mediático artificialmente provocado), a aquella otra que corona al hombre más rápido del planeta.

Es opinión común entre los maratonianos que para saber lo que se siente al correr esta distancia, has de haber participado en ella, circunstancia que asiento a pesar de sólo haber corrido el que da título a este libro. Leer/correr, 42 kilómetros para amar el maratón, es una agradable manera, sin duda la menos sacrificada,  de participar en esta mítica carrera; si encima sabes de antemano, que con tomar la salida y dejarte llevar por los consejos y experiencias del resto de contrincantes, cruzar la meta y subir al podio está garantizado, no hará falta mayor aliciente para comenzar a leer este libro. Y no es que Alfredo Varonaatleta y periodista, nos cuente secretos mágicos, dietas o planes de entrenamiento, no, de eso no encontraremos nada entre sus páginas. La generosidad de esta obra de ágil y divertida lectura, radica en el acúmulo de consejos personales, que el periodista ha sabido sonsacar a cada uno de los 42 protagonistas entrevistados, uno por kilómetro, y que estos han confesado en confianza deportiva al atleta, para que relatados por este en primera persona, hagan del lector un maratoniano más.

42 kilómetros para amar el maratón está estructurado en 42 capítulos independientes de la misma carrera, en cada uno de los cuales Alfredo Varona rinde homenaje a un atleta, aportando conocimientos propios así como opiniones, sentimientos y experiencias de cada homenajeado. Entre ellos se encuentran diversidad de corredores, en su mayoría maratonianos, desde los más elitistas a otros anónimos, pasando por entrenadores, médicos, psicólogos, atletas de otras distancias u otros que jamás participaron en un maratón o que lo comenzaron y no llegaron a la meta; se unen a la carrera maratonianos que corren con prótesis, mujeres con hijos lactantes y atletas cercanos a los 80 años, no faltando en carrera ex fumadores u otros que consiguieron vencer al sobrepeso. Disfrutar de las experiencias de estos luchadores es como leer un parte de guerra contado por quienes murieron en la batalla, y es que, en el fondo, el maratón es un reflejo de la vida, y sus enseñanzas son útiles para otros muchos quehaceres cotidianos, en ambos, un héroe, es «todo aquel que se esfuerza para cumplir sus objetivos».

Cuando llevas demasiado tiempo corriendo «la cabeza ya no razona con tanta facilidad», aún así he encontrado cierto paralelismo entre el corredor de maratón y el escritor. Participar en un maratón ya es un triunfo, como lo es enfrentarte a una hoja en blanco; en el maratón nunca se entrena la distancia que se va a competir / los libro no se escriben en un día; la única defensa es estar prevenido mediante los entrenamientos / escribir todos los días; la base es el entrenamiento, pero a veces la suerte te favorece / en ocasiones un premio literario encumbra injustamente una obra; las carreras normalmente no se pierden al principio / el libro tampoco; el maratoniano es el fiel reflejo del coyote que persigue al correcaminos, no rindiéndose pese a no atraparlo / el escritor jamás consigue plasmar la novela perfecta que tiene en su cabeza. Y así uno tras otro iba hallando analogías kilómetro a kilómetro hasta llegar a la quizá, más dura de las comparaciones, donde ambas convergen en el tiempo robado a la familia, y como comenta uno de los protagonistas, en ocasiones  «que no te echen de casa es casi un acto de generosidad»

No todos los atletas tuvieron las suerte de conseguir plaza en Centros de Alto Rendimiento, como la Residencia Joaquín Blume de Madrid, pero todos tienen interiorizado uno de los lemas que en ella pueden leerse:
«Le llaman SUERTE pero es CONSTANCIA
Le llaman CASUALIDAD pero es DISCIPLINA
Le llaman GENÉTICA pero es SACRIFICIO
Ellos HABLAN, tú ENTRENA»

Sólo así han podido sortear las obligaciones en sus trabajos, familias y estudios y sacarle horas al día para entrenar.

«Mi padre estaba en el paro y la familia necesitaba ese dinero» reza el testimonio de uno de los protagonistas que desde los 16 hasta los 25 años tuvo que levantarse a las cinco de la mañana para descargar camiones en una empresa cárnica, hasta que echó un órdago a la vida y se desplazó a Madrid «a una habitación alquilada en un piso del Alto de Extremadura» para demostrarse si realmente podía ser un atleta de élite.

Cruzo la línea de meta algo cansado, marcando un tiempo superior al deseado, y subo al podio mientras escucho las palabras del entrenador Antonio Serrano: «si uno llega a la meta es porque ha hecho lo que se ha podido, no hay motivo para enfadarse».



Aporta o aparta ~ Nika Vázquez Seguí

lunes, 10 de abril de 2017

No fue buena la primera sensación producida al ver la portada de este libro, con la imagen de esa bicicleta de incómodas ruedas que producen mareo de sólo imaginártelas rodando. Su título,  «Aporta o aparta», parece una oda al egoísmo en su versión imperativa, por no hablar del subtítulo «Elimina de tu vida todo lo que no te deja avanzar», otra orden directa a sumar al total de obligaciones diarias, y que para más inri, te coloca al nivel del creador del mundo; has de saber «todo» lo que se supone «que no te deja avanzar», y en caso que lo ignores, ¡oh, milagro de los milagros!, leyendo sus páginas lo averiguarás. Por si fuera poco con lo anterior, la información que nos brinda la solapa de la portada, respecto a su aparentemente joven autora, es que tras licenciarse en Psicología, ejerce en sus consultas de Barcelona, Valencia y Mallorca, y que «además posee diversos másteres». No sé si a algún tipo de lector le impresionarán este tipo de informaciones inconclusas, tan asociadas a la titulitis imperante. Similares incógnitas plantea el vacío creado con la afirmación de pasar consulta en tres ciudades distintas, dando pie a preguntarse: ¿no tiene suficientes pacientes en una ciudad tan habitada como las mencionadas?

Leer lo anterior y ver que el primer capítulo se titula «Dónde, cuándo y cómo ser feliz» puede ser decisivo para que muchos lectores no quieran saber más de este texto que hasta este momento en nada se diferencia de tantos libros de autoayuda que, tras una buena campaña de marketing editorial, ensalzan al autor y lanzan al mercado augurando que entre sus páginas puede encontrarse la panacea.


NO, Aporta o aparta no está entre ese tipo de libros, y la imagen anteriormente creada se desdibuja a medida que entramos en materia; la autora no promete fórmulas mágicas que nos descubran el elixir de la felicidad, y lo deja bien claro:
«La idea de tener que ser feliz rompe con todos los puntos básicos de la felicidad»

Nika Vázquez Segui nos habla desde la problemática realidad a la que se enfrenta a diario, explicándonos desde su experiencia (en su consulta y en los servicios de oncología y hematología), las soluciones que le han funcionado con sus pacientes, en algunos casos enfermos terminales, para afrontar determinados problemas con los que habitualmente podemos encontrarnos. Contratiempos tenemos todos, y, si ha funcionado con ellos, ¿por qué no intentar usar esos conocimientos en nuestro beneficio?
«Locura es hacer una y otra vez lo mismo y esperar resultados diferentes» ~ Albert Einstein.

El texto está desarrollado en 25 capítulos estructurados de manera similar, donde a cada título le asiste una máxima universal atribuida a algún egregio personaje, relacionada con el tema a tratar. Seguidamente Nika nos expone un caso real y cómo consiguió que el paciente lograra solventarlo. A continuación acompaña una pequeña leyenda o fábula, de la que sacar moraleja, y algo de teoría que explica aplicándola a ejemplos, anécdotas y curiosidades, para terminar cada capítulo con un ejercicio práctico, que es de agradecer, venga ya con ejemplos desarrollados, dando libertad al lector de resolverlos de manera particular, o tomar los mencionados como propios para conseguir entender el mensaje en su conjunto. Entre los títulos, la mayoría anuncian con claridad el tema a tratar, promoviendo con oraciones muy sugerentes, la predisposición a su lectura: «¿El dolor se acumula y la felicidad no?». Igualmente en la mayoría de las máximas mencionadas, como esta atribuida a Erich Fromm, queda patente la dirección que tomará el resto del capítulo: «Si con todo lo que tienes no eres feliz, con todo lo que te falta tampoco lo serás».

Es difícil no sacar experiencias positivas de su lectura; entre otros, Nika nos ofrece trucos para bloquear los malos pensamientos y quitarnos de la cabeza esas preocupaciones que como un runrún inmisericorde se anclan rumiando en nuestra mente; nos habla de los beneficios de las crisis; del enriquecimiento que otorga el fracaso; de las ventajas que tiene una persona pesimista sobre una optimista; así como algo tan codiciado y al mismo tiempo agotador e incoherente, como pretender ser feliz a toda costa.

No les quepan dudas:
«Vivir en un estado continuo de felicidad sería igual de insano que anclarse en la más profunda melancolía o enfado»


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